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¿La ingeniería del hacking o hackear la ingeniería?

Cada tanto, en las oficinas de intive-FDV surge el mismo interrogante: “¿Deberíamos estudiar Química los Ingenieros en Informática?” La pregunta surge de una discusión sobre la gran revolución de nuestros tiempos, no sólo por el impacto que la ciencia, la tecnología y la comunicación están generando en nuestra especie y el planeta en sí mismo; sino también por el valor de las ideas, las políticas y las organizaciones dentro de las sociedades.

Una gran proporción de intivefedevianos viene de FIUBA, lugar en donde, además, estudiamos los siete socios de la empresa y en el que la currícula comparte una gran dosis de materias con el resto de las carreras de ingeniería. Entonces, ¿por qué no?

Desarrollo de software para la industria manufacturera

En su polémico y atrapante libro, Noah Harari describe el histórico vínculo existente entre los imperios modernos y el desarrollo científico, tecnológico y militar. Durante las expediciones de conquista, aventureros como Cook llevaban consigo un gran número de científicos que investigaban lenguas, fauna, flora, geografía e historia. De alguna manera el enorme crecimiento de los imperios modernos europeos – según la mirada de Harari – estuvo muy vinculado al desarrollo de tecnologías que representaban una ventaja enorme por sobre el resto del mundo.

En ese mundo, que acababa de descubrir el poder de la tecnología para conquistar(se), nacieron las primeras carreras de ingeniería. En 1795, Napoleón autorizó el establecimiento de la École Poly-technique, primera escuela técnica en la Europa del siglo XIX. Habían pasado apenas 32 años desde que James Watt había mejorado la máquina de vapor, nacía la Primera Revolución Industrial.

Se trató entonces de aprender ciencias básicas con el objetivo de mejorar los procesos y optimizar las maquinarias, para representar un diferencial militar o un diferencial económico que sirviera al joven y viril capitalismo de la época. Esa fue la base para el armado de las curriculas de ingeniería que hoy dominan prácticamente todo el mundo. Sin ir más lejos, cuando comencé a estudiar, el paradigma dominante en el desarrollo de software estaba inspirado en la construcción industrial y la industria manufacturera.

Hackeando la ingeniería

En 1971, siendo estudiante de primer año de Física en la Universidad de Harvard, Richard Stallman se convirtió en un hacker del Laboratorio de Inteligencia Artificial del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Diez años más tarde, sin ninguna incumbencia que lo habilitara a ejercer como hacker, programador o ingeniero, creó el Manifiesto GNU y dio origen a una de las más apasionantes revoluciones del conocimiento que se hayan dado en el mundo: el código abierto.

Unos cuantos años más tarde en un resort de ski de Utah, un gran número de referentes de desarrollo de software crearon el Manifiesto Ágil, cuyos preceptos rompían todo esquema. Planteaban nuevas formas de crear equipos, inspirándose en los siguientes valores:

  • Los individuos y su interacción, por encima de los procesos y las herramientas.
  • El software que funciona, por encima de la documentación exhaustiva.
  • La colaboración con el cliente, por encima de la negociación contractual.
  • La respuesta al cambio, por encima del seguimiento de un plan.

En el 2006, Julian Assange, un hacker australiano (sin título de ingeniero), junto a otro grupo de hackers alrededor del mundo, creó Wikileaks con el objetivo de hacer pública información que gobiernos y organizaciones ocultan al pueblo. Edward Snowden (también sin educación formal universitaria) se apoyó en ellos para publicar sus investigaciones que demuestran y confirman el uso militar de internet.

La cultura de los hackers

En el norte de California creció una industria vinculada al desarrollo de software, que se nutrió fuertemente de todas estas ideas: la tecnología como forma de conquistar el mundo, el código abierto, las metodologías ágiles y la cultura hacker. Vio su origen un irrepetible fenómeno de innovación y desarrollo tecnológico que parece irreproducible, imparable y cuyo impacto en la vida cotidiana de todos se volvió enorme. Desde San Francisco y la región de la bahia, grandes personalidades como Steve Jobs, Mark Zuckerberg o Jack Dorsey literalmente nos han cambiado la vida. Y, ¿adivinen qué? ¡Ellos nunca terminaron sus carreras universitarias!

Entonces surgen otras preguntas: ¿Por qué los informáticos parecemos tan reacios a seguir las simples leyes de la educación tradicional? ¿A qué se parece escribir código? ¿A qué profesión se asemeja escribir un cierto lenguaje que se transmite, duplica, ejecuta y utiliza alrededor del mundo en segundos, que se puede convertir directamente en una nueva moneda, en un sistema que aprende solo o en otro que crea música y arte?

Ejecutamos una de las primeras disciplinas que nació y se desarrolló en un mundo completamente diferente al que se forjaron otras ingenierías. Escribir código no se parece a nada. Nuestra “materia” es invisible, clonable, multiplicable, e inclusive capaz de cambiarse a sí misma sin intervención humana. Somos nosotros mismos quienes estamos transformando nuestra propia realidad más rápido de lo que podemos analizar. Nuestra forma de aprender y de compartir, de crear y transformar, está recién comenzando a buscar su lugar en el mundo, mientras lo transforma.

Escribir código es un proceso que mezcla componentes lógicos, matemáticos y artísticos. Es un proceso estético, elegante. Cuesta mucho compararlo con otras disciplinas donde el factor físico tiene un rol más importante, porque por momentos se parece a co-escribir el guión de una película con un montón de otros guionistas. Aunque, en otros momentos, también se parece mucho a resolver un acertijo lógico en soledad.

Entonces, ¿deberíamos estudiar Química? Estoy convencido de que no. También pienso que debemos abandonar la currícula tradicional de la época de Napoleón y adaptarla a un mundo muy diferente. Es necesario comprendernos como una disciplina que creó sus propias reglas y su propia dinámica de aprendizaje. Es tiempo de pensar en currículas mucho más flexibles y amplias, donde la curiosidad y las ideas – como las del código abierto, las metodologías ágiles, la cultura hacker y emprendedora – sean los ejes de aprendizaje.

Mariano Stampella

Además de ser Business Developer en intive – FDV, Mariano Stampella es uno de sus socios fundadores. Es ingeniero en informática, egresado de la Universidad de Buenos Aires (UBA), y realizó un posgrado en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA). En la compañía, también se desempeño como investigador y manejó el área de Desarrollo. Es uno de los miembros fundadores de Nahual, un multipremiado proyecto social open source.

 

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